La vida por una mochila La vida por una mochila
06/06/2016

Luis Fabricio, Elizabeth Alejandrina y Víctor no se conocían pero tenían varias cosas en común, los tres eran jóvenes y estudiantes. Sus amigos y familiares cuentan que eran buenas personas y tenían hartas ganas de labrarse un futuro. Pero hay otra cosa que tenían en común: una mochila, objeto convertido en preciado botín para los delincuentes.

En los últimos días estos tres jóvenes murieron a manos de los temidos raqueteros. Luis Fabricio, Elizabeth Alejandrina y Víctor murieron por intentar defender sus mochilas donde llevaban un celular o una laptop que seguramente con mucho esfuerzo sus padres les compraron o ellos mismo juntando sus propinas o realizando alguna chambita. Otros cuatro estudiantes recibieron también un balazo, pero fueron afortunados. Ellos sobrevivieron.

Y mientras escribía esta columna, un jovencito de apenas 17 años moría baleado el día de su cumpleaños y ante los ojos de su madre. Daniel no era universitario, sino un estudiante del colegio La Recoleta, lo asesinaron no por defender su mochila o celular, fue por no tener nada de valor que robarle. Así de cruel.

Y estoy segura que estos son apenas algunos pocos casos de jóvenes víctimas de robos a la salida de su universidad, instituto o colegio. Son apenas los casos que la prensa reporta por la ferocidad con la que actuaron los delincuentes, probablemente muchos otros asaltos ocurrieron en todo el país, en los distritos de clase alta, media o baja. Nadie está libre, nadie está seguro.

Ver por televisión el llanto desgarrador de las madres, de la enamorada a quien se quiso defender o de los amigos es indescriptible. No puedo siquiera imaginar el dolor que se debe sentir al perder al hijo, al hermano, al amigo de una manera tan violenta e injusta.

Cuando leo, veo o escucho noticias sobre esto el temor me invade. Busco de inmediato los nombres de las víctimas y dónde ocurrió. Cuatro nombres llegan de inmediato a mi mente: Liz, Andrea, Diego y Camila -mis sobrinos- todos universitarios quienes cargan a diario sus bolsones o mochilas. Hago rápidamente un recuento mental para recordar sus horarios o si ellos transitan por el lugar del asalto reportado. Es vivir con miedo, es no vivir.

Sin duda, es tarea de las autoridades brindarnos seguridad y estamos en todo el derecho de exigir resultados, pero seamos realistas, también es nuestra responsabilidad estar atentos y prevenidos. Tenemos la obligación de enseñarles a nuestros jóvenes a cuidarse.

Hace un tiempo hablaba con un experto en seguridad sobre lo distraídos que íbamos por las calles, sobre todo los jóvenes. No solo exhiben sus celulares en un constante chateo con los amigos, también van con los audífonos puestos a todo volumen por las calles cada vez más peligrosas no solo por los asaltos sino por el alto índice de accidentes de tránsito.

No miran a su alrededor, deambulan absortos y ensimismados. A la calle hay que prestarle atención, hay que estar pendientes de los ruidos, de la gente y sus movimientos. Tal vez una rápida reacción nos pueda librar de un atropello o un choque, y hasta detectar actitudes extrañas de personas para ponernos a buen recaudo antes de ser asaltados.

Pero si el asalto es inminente -hay que decirles esto a nuestros chicos hasta el cansancio- no se enfrenten a los delincuentes. Sé que nuestra primera reacción suele ser defendernos y cuando somos jóvenes nos creemos infalibles y hasta intocables. Esa juventud nos vuelve temerarios pero vamos, piensa un poco, ¿la laptop o el celular valen tu vida?

Cuida tus cosas, pero, por encima de todo, cuídate tú. Más vale prevenir que lamentar, en casa te estamos esperando.