La indiferencia nuestra, de cada día La indiferencia nuestra, de cada día
07/07/2016

Hace unos días conversaba con una amiga sobre qué escribir para esta columna y es que no siempre las ideas fluyen con claridad. De pronto ella dice: ¿has visto como a la gente le importa poco lo que le ocurra a otros? A menos, claro, que lo afecte directamente, sentenció.

Le pregunté a qué se refería exactamente y me contó que cerca de su casa, al frente para ser más exactos, han abierto un nueva cebichería a la que parece irle muy bien pues tiene bastante concurrencia de comensales. Una suerte para ellos, pero quienes no la pasan bien son los vecinos de la zona, como mi amiga, que ven ahora su calle atestada de autos cuyos conductores se han adueñado de pista y vereda.

Para poder entrar a su cochera, mi amiga tiene que hacer malabares entre carros mal estacionados e incluso en doble fila. Reclamó sin éxito, llamó a serenazgo de Surco que nunca apareció y aunque muchos transeúntes miraban lo que ocurría nadie más se sumó al reclamo ni se ofreció a ayudarla. “A nadie le importa porque directamente no los afecta” pensamos con cierta amargura.

Y eso, aunque no parezca, tiene mucho que ver con prevención. Prevención de parte de los municipios al entregar licencias a nuevos negocios, prevención de parte del propietario para no afectar la calidad de vida de sus vecinos y prevención a una de los males que más afectan a cualquier sociedad: a la indiferencia.

Podría ser un hecho anecdótico si no fuera porque la indiferencia es más común de lo que pensamos. Solo así se explica, por ejemplo, que estacionemos los autos en lugares destinados a personas con discapacidad, que botemos basura en la calle, que las fiestas se tornen escandalosas y se prolonguen hasta altas horas de la madrugada. O que ante un accidente todos saquemos el celular para grabar la escena en lugar de auxiliar a quienes puedan estar heridos. Ni qué decir cuando vemos a algún energúmeno agarrando a golpes a una mujer en la calle. Nadie se mete.

Pero cuando el infortunio nos toca directamente solemos reclamar y sorprendernos ante la poca o escasa ayuda que recibimos del prójimo. La solidaridad y hacer causa común por el bien de todos parecen conceptos y actitudes lejanas.

¿Pero saben dónde aprendemos a no ser indiferentes? En casa, luego en la escuela y finalmente en la comunidad. Enseñar a ser solidarios debería ser parte de esa cultura preventiva para generar ciudadanía y ser buenas personas. Sobre todo para aprender a vivir en armonía, dando la mano y esperando que buenamente alguien más nos de la suya cuando lo necesitemos. Y eso no ocurre, ¡qué diablos! Nadie nos quitará la satisfacción de hacer bien las cosas.