Sin pegar ni humillar, es hora de cambiar Sin pegar ni humillar, es hora de cambiar
07/10/2016

Siendo niña recibí en más de una ocasión un palmazo, un jalón de orejas y hasta me lanzaron uno que otro chancletazo como respuesta a alguna travesura o berrinche y… ¿quién no, verdad? Claro está que mis padres no eran abusadores ni tengo la menor duda del amor que sentían por mí y mis hermanas pero, fueron criados con la idea de que un oportuno golpe era necesario para corregir indisciplinas y fortalecer el carácter de los hijos. Recuerdo que mi madre nos contaba sobre el temido “san martincito” –una suerte de látigo de tres puntas- que usaba mi abuela con sus hermanos.

En el colegio católico en el que estudié las cosas no eran diferentes. La directora era una mujer dura que acostumbraba agarrar de los cabellos o a cachetadas a las alumnas que sorprendía, entre otras cosas, hablando con algún muchacho luego de salir de la escuela. En una ocasión formó a toda la secundaria en el patio para humillar, delante de todas, a una alumna un tanto descuidada a quien le quitó el uniforme para mostrarnos su enagua sucia. Y aunque parezca increíble, tales prácticas eran aceptadas y justificadas por la mayoría de los padres, y asumidas con normalidad por muchas estudiantes. Como comprenderán, siento el mayor de los cariños por mis compañeras de clase pero al colegio no quise volver más tras terminar mis estudios.

Por supuesto, no crecí con traumas ni cicatrices físicas pero recuerdo con claridad ese sentimiento de desconcierto y miedo que me ocasionaba, siendo una niña, recibir un jalón o un palmazo de mis padres. Sin embargo, confieso que los momentos de mayor tristeza fueron aquellas ocasiones –muy pocas, debo decir- en las que alguno de ellos soltó un calificativo que me hizo sentir humillada y avergonzada. Estoy segura que la intención nunca fue lastimarme, pero dolió.

Creo que muchos de nosotros hemos pasado por situaciones similares y lo que busca este post no es juzgar a nuestros padres que fueron criados bajo esas reglas y repitieron el patrón no por malos sino porque les enseñaron que las cosas se hacían así. Pero ha llegado el momento de romper la cadena y educar sin castigos físicos ni humillaciones. La letra no entra con sangre ni el respeto se gana a punta de golpes.

En un país donde el maltrato infantil alcanza cifras alarmantes erradicar el castigo físico es una tarea urgente para poner fin a un círculo vicioso que genera y normaliza el uso de la violencia. Cifras del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables dan cuenta de más de 12 mil denuncias por maltrato de niños entre los 0 y 17 años en los primeros seis meses del 2016, el doble de lo registrado en el mismo periodo en 2015. De seguir así la tendencia este año terminará con más de 14 mil denuncias, un record vergonzoso.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), ha dicho que diariamente en el Perú “miles de niños sufren maltrato físico y psicológico por parte de sus padres, madres, parientes, profesores o cualquier adulto que considera al castigo físico como normal, aceptable y hasta necesario”. Y según la Encuesta Nacional sobre Relaciones Sociales ha revelado que el 71,1% de niños sufrió violencia psicológica, el 36,3% maltrato físico y psicológico, y un 40,4% únicamente maltrato físico.

Y es en este terrible contexto que Yo Me Cuido ha emprendido una gran cruzada bajo el lema “Si eres agresivo. Estás en nada: Atrévete a criar con amor” para que las reglas sirvan solo para medir, las correas para sujetar la ropa y las palabras para darle a nuestros niños amor, confianza y respeto.

Sumémonos, empecemos por casa y divulguemos esta campaña porque NO hay golpe inofensivo, todos duelen aunque no dejen cicatrices ni moretones.