Regala vida, no la entierres Regala vida, no la entierres
01/12/2016

En 2007 mi vida sufrió un cambio dramático. Internamos a mi padre de emergencia en el Hospital de la Policía por un problema estomacal que terminó en un diagnóstico de cirrosis hepática en fase 2. Recuerdo claramente esa noche, el médico que lo atendió nos dijo que no había nada más que hacer y que lo lleváramos de vuelta a casa con apenas una receta de pastillas para aliviar los síntomas. El mundo se me vino abajo.

Ese médico indolente no nos explicó nada más y cuando le pregunté si no había tratamiento posible o alguna otra opción me dijo -con una frialdad impresionante- que no y nos recomendó prepararnos para lo inevitable. Recuerdo el llanto de mi hermana y mi tristeza mezclada con indignación. Me resultaba increíble que en estos tiempos no hubiera “nada más que hacer” como dijo ese doctor.

Y es que en el Perú no existe cultura de la donación, es una vergüenza. Datos recientes de los organismos de salud señalan que somos el penúltimo país con la tasa más baja de donaciones en Latinoamérica. Solo dos peruanos por cada millón dona sus órganos y aunque el 70% de las personas está de acuerdo con donar sus órganos apenas el 14% lo expresa en su documento de identidad.

Según la Oficina Nacional de Donaciones y Trasplantes de Órganos el año pasado se realizaron apenas 77 trasplantes, cuando existe una lista de 1250 personas esperando vivir y otras 9 mil requieren un trasplante con urgencia para que su salud no se deteriore. Y como si estas cifras no fueran ya dramáticas, resulta que el 50% de los casos de muerte encefálica de personas que expresaron su intención de donar en el DNI, es descartado por decisión de las familias.

Pese a las numerosas campañas de concientización a un grueso sector de la población, en especial por razones religiosas, les cuesta entender que la donación de órganos es un acto de absoluta solidaridad. Si entendiéramos que un solo donante podría salvar o cambiarle la vida hasta a 10 personas tal vez nuestra visión del tema sería diferente y entendamos que la mejor muestra de amor al prójimo es regalarle vida después de nuestra muerte.

Expresemos claramente en el DNI que somos donantes y expliquemos esta decisión a nuestras familias para que la respeten. Enseñemos, y esto también es prevención, que donar es una acción noble porque nadie está libre y tal vez nuestros padres, hijos, hermanos, amigos o cualquier ser querido necesiten un trasplante para seguir viviendo. Mi padre no tuvo ese regalo, él murió.