Lo que el dinero no compra Lo que el dinero no compra
06/06/2016

La importancia de la prevención en el núcleo familiar

Crecí en una casa sencilla en el Rímac junto a mis tres hermanas y mi padre, un policía honrado que trabajaba en sus horas libres para mantener a su familia, y mi madre, un ama de casa amorosa y dedicada.

Cuando éramos pequeñas no había muebles, en la sala teníamos apenas un comedor, pero lo que mis ojos de niña veían era un enorme campo de juegos para inventar, con mis hermanas, mundos imaginarios donde éramos doctoras, vendedoras, mamás, maestras y todo lo que se nos podía ocurrir.

Lo genial era que cuando mi padre llegaba a casa del trabajo, cansado y con hambre, siempre tenía tiempo y humor para entrar a ese mundo imaginario y jugar con sus niñas a la comidita, al salón de belleza o a las artes marciales. Siempre sentado sobre el suelo junto a nosotras jugando yaxes o en una guerra de cosquillas. ¡éramos tan felices en esa sala sin muebles!

En ocasiones el dinero apenas alcanzaba para la comida y comprar ropa cara era impensable. Entonces, algunas veces comíamos arroz con huevo y plátano frito o tallarines con mantequilla y para mi eran los platos más deliciosos del mundo (aún lo son).

En cuanto a la ropa mi madre era una trome, no estudió corte y confección ni diseño, pero era hábil e ingeniosa. Solíamos heredar la ropa de las primas mayores y ella sabía cómo mejorarlas y adaptarlas a nuestro gusto. Ya cuando éramos adolescentes íbamos a los grandes almacenes a probarnos la ropa y mi madre la miraba, revisaba y como por arte de magia nos cosía o tejía una prenda igual y hasta mejor. Entonces, siempre teníamos ropa nueva y bonita.

Los esfuerzos de mis padres se centraron en darnos la mejor educación posible. Estaban siempre pendientes de nuestros progresos y debilidades. Incentivando nuestras habilidades en la medida de sus posibilidades. Teníamos horarios bien definidos para estudiar, jugar, ver televisión y dormir. En ese sentido, las reglas siempre estuvieron claras y se cumplían sin refutar.

Ahora, ya adultas, mis hermanas y yo solemos recordar esas épocas con nostalgia y cariño, también hablamos de las carencias, del arroz con trigo, del eterno plátano que llevábamos en la lonchera porque era una fruta barata. Lo curioso es que esas carencias nunca las sentí como tales, en mis recuerdos jamás percibí que algo me faltara, tuve una niñez fantástica en un hogar donde hubo amor y respeto. Y prevención.

No recuerdo jamás haber visto o escuchado a mis padres pelear o discutir, no hubo gritos ni ofensas. Ya de joven mi madre me contó que tenían sus diferencias como todas las parejas pero que nunca las ventilaron delante de nosotras. Supe de sus frustraciones, desilusiones y disgustos pero no dejaron que de niñas lo supiéramos.

Se preguntarán por qué cuento todo esto. En la actualidad mis hermanas y yo vivimos en casas con muebles y aunque la plata no sobra tenemos más y mejores cosas, no gozamos de lujos pero sí de ciertas comodidades. Hemos avanzado.

Sin duda el dinero y el confort brindan más oportunidades pero nada es posible sin amor, respeto, tolerancia y sin entender lo importante que es prevenir para estar y ser mejores. Y por "prevenir" también me refiero a enseñar desde casa el valor de las cosas, que los logros en la vida guardan relación con una buena educación y acceso a la salud, que tenemos derechos pero también obligaciones como ciudadanos y miembros de una comunidad.

Fuimos niñas felices y eso nos abrió la increíble oportunidad de crecer como buenas personas y trasladar esas enseñanzas a nuestros hijos y sobrinos. Estamos lejos de ser perfectas pero en realidad creo que mis padres hicieron un buen trabajo y no puedo más que estar agradecida.