Un paseo por el malecón Un paseo por el malecón
06/06/2016

Cuando prevenir tiene mucho que ver con las normas de convivencia

¿Habrá lugar más democrático que un parque? Si han tenido la oportunidad de caminar por el malecón de Miraflores sabrán de qué hablo, si no lo han hecho pues tal vez sea momento de que se den una vuelta. No tienen que vivir cerca, llegar es fácil y pueden tomar el bus 301 del Corredor Azul que cuesta S/1.20 el pasaje.

Suelo caminar por el malecón con frecuencia acompañada con mi música favorita, una botella con agua y un libro. Además de permitirme un momento de relajo (ese momento único y privado que todos necesitamos para despejarnos y respirar) es una suerte de cable a tierra para recordarme lo que es realmente importante.

A lo largo del malecón y sus extensas áreas verdes se congregan chicos y grandes, padres e hijos, parejas, deportistas, ciudadanos de aquí y de allá y todos los géneros que conviven en armonía sin mirar cuánto tienen, cómo visten, si están gordos o flacos, cómo y a quién le expresan su afecto. En todos los años que camino mirando el mar no he tenido el infortunio de ver intolerancia, complejos ni abusos, por el contrario he visto respeto y tolerancia. ¿Será que he tenido suerte? Tal vez, soy afortunada.

Me encanta mirar en el pasto a las parejas prodigándose cariño o los padres jugando con sus niños que no necesitan un videojuego para divertirse. Correr y rodar por el césped son razones suficientes para ser felices. No tiene precio y lo mejor, no cuesta nada.

También miro con cierta envidia a las personas que duermen y se permiten una siesta, sin importarles quién los mira, no hay crítica que valga. Y pienso en cómo me gustaría tener menos prejuicios y complejos para tirarme sobre el pasto, panza arriba, y dormir a pierna suelta. Admiro a la gente que vive con esa libertad.

Y el respeto por el otro pasa también por hacer tu picnic y llevarte la basura, pasear a tu mascota y recoger su popó, entender que somos diversos, no discriminar, que los ciclistas y skater usen los espacios destinados para ellos, que los peatones no invadan los suyos.

Pasar un día respirando el aire fresco, caminar despreocupado, bajar la guardia de vez en cuando, es un privilegio. Si todos nos comportamos de manera civilizada, respetamos los espacios públicos, las normas de tránsito y las mínimas normas de convivencia tal vez podamos vivir en armonía. Y eso, querido lector, tiene mucho que ver con prevención. Y la prevención se aprende en casa.