¿Por qué estamos criando niños tristes? Una palabra: pantallas ¿Por qué estamos criando niños tristes? Una palabra: pantallas ¿Por qué estamos criando niños tristes? Una palabra: pantallas

Niños más conectados, niños más tristes

Uno de los consejos más frecuentes de parte de especialistas y educadores es restringir el tiempo que los niños pasan conectados a internet. Ciertamente, en la práctica, es una tarea difícil de realizar. A mayor conectividad en el hogar y en la zona en la que se viva (como es el caso del Reino Unido) es más difícil para un padre estar en control de todo el tiempo que nuestros hijos pasan conectados.

No obstante, debe prevalecer el principio de autoridad en determinadas circunstancias. Deben establecerse normas en casa que al menos garanticen que las horas de descanso, alimentación y actividades en familia no sean interrumpidas por el uso de smartphones, tablets o laptops. "Pero si no estoy haciendo nada malo", responderá el niño o adolescente desconcertado ante una medida aparentemente draconiana. Pero no se trata de que el niño esté haciendo algo malo, sino del mal que puede estar causándole eso que está haciendo, en realidad.

Un servicio de consejería y orientación para adolescentes en Inglaterra ha encontrado un signo bastante sombrío y digno de estos tiempos: hay cada vez más niños con problemas de autoestima y depresión. ¿Cuál es la razón? De acuerdo con la NPSCC , la entidad caritativa en cuestión, las redes sociales ejercen una gran presión pues muchos niños y adolescentes británicos se sienten frustrados cuando no pueden alcanzar determinados estándares o imitar algunas conductas que son consideradas como 'exitosas' o 'fresh' o cual fuere el término que es importante para uno a esa edad.

Peter Wanless, director ejecutivo de NSPCC, en declaraciones para el diario británico The Guardian señaló que a partir de las cientos de miles de solicitudes a la línea de ayuda para adolescentes, se determinó que existe un grupo creciente de niños profundamente tristes e infelices en el Reino Unido. A las presiones, inseguridades y cambios de ánimo súbitos propios de la edad, se suma el hecho de que ahora todo tiene un carácter performativo: hay una cultura de la ostentación y el despliegue inherente a las nuevas tecnologías que, de no ser debidamente orientada o atendida en su momento puede conducir a cuadros depresivos.

Como siempre, el diálogo y la confianza son esenciales. Es difícil hacerle entender a un niño por qué no puede conectarse por las noches o por qué no puede usar su teléfono cuando ve a sus padres y a los mayores que lo rodean sumergidos en una dinámica similar. En tal sentido, una buena recomendación consiste en proponer escenarios de negociación.

Determina el número de horas al día y/o a la semana que tu hijo puede pasar frente a todos sus dispositivos con pantallas. Comunícale esa nueva disposición y dale la oportunidad de distribuir esas horas en los horarios que crea más convenientes. De esa manera, tendrás control sobre el tiempo de exposición a sus aparatos, a la par que no interfieres con sus propias dinámicas, rituales y costumbres.

No podemos pretender vivir aislados de las tecnologías de la comunicación y la información, pero sí podemos convivir con ellas en los términos que nosotros decidamos. No es difícil.